ORDEN EN EL TRATO

Una empresa es como un pequeño barrio. Las familias que forman un barrio se conocen y establecen relaciones más o menos intensas. Siempre habrá vecinos que entablen conversaciones y se interesen por los demás, y también los habrá que jamás hablarán con otras familias más de un minuto. Algunos por vergüenza, otros por desgana, otros por falta de capacidad y quizá otros por falta de tiempo: con tanto trabajo, nunca están en casa. También en todo barrio que se precie hay un panadero, un pescadero, un kiosquero, un  peluquero, un carnicero, un cartero, un jardinero etc… son esas personas que dan vida y color distinto a cada lugar.

La vida en la empresa, decíamos, tiene algunas similitudes con la vida de un barrio. La vida dentro de la compañía es muy rica y las relaciones con gente de otros departamentos, con clientes, con proveedores pueden ser casi tan frecuentes como el trato con los miembros del propio equipo. En esas situaciones, el directivo también está expuesto al juicio de todos y deberá tenerlo en cuenta en su actuar.

Una de las formas de comprobar la calidad de un jefe y de medir cuánto valora a su equipo, es ver dónde y cómo defiende a su gente en el trato habitual. Hay personas que se desviven por los de fuera -proveedores, clientes…- y, en cambio, a los de su propio departamento no les hacen ni caso. Es como si una persona fuera muy afable con el cartero y después, al llegar a casa, se convirtiera en una persona inaguantable. Por desgracia, también pasa. 

Pero también es interesante para conocer la valía de un jefe ver cómo defiende a su gente cuando existen conflictos. Porque, como todos sabemos, en la vida profesional a veces hay que dar la cara por personas concretas del equipo. Y, si ponemos la cara, debemos saber que nos podemos hacer daño, pero hay que ponerla siempre para defender a los de dentro. El jefe que no da la cara por su departamento cuando hay disputas entre departamentos, antes o después acabará culpando a los suyos del problema. Cuando actúa así, lo que está haciendo es defenderse, atacando al débil y haciendo a otros departamentos más fuertes. Atacar al débil -a los miembros de tu propio equipo que no pueden defenderse- es síntoma de debilidad y dar la razón al otro simplemente porque así se evitan problemas -lo cual es muy frecuente- es síntoma de falta de justicia y también de falta de fortaleza..

Para ganar objetividad y perspectiva a la hora de juzgar, es preciso analizar bien la situación, enterarse de lo que ha pasado, oyendo las dos campanas antes de posicionarse. Casi siempre la información será incompleta y existirán zonas grises en los problemas, puntos en los que no existe una información nítida… en esos casos surgirán dudas que son razonables que aparezcan. En esas situaciones, el directivo siempre tiene que dar el beneficio de la duda a su gente. El equipo que se siente protegido por su jefe trabaja mejor. Sentirse defendido por tu superior genera una seguridad y una confianza que son indispensables para trabajar. Además, de esta forma, probablemente el jefe viva mejor la justicia. Por otra parte, es lógico a priori creer con más firmeza a alguien de dentro que a alguien de fuera.

Siempre el orden es el mismo: primero mi equipo y después los demás. En cuanto a la dedicación del tiempo del directivo, también se aplica el mismo criterio. Las personas que requieren más mi atención son los míos y en caso de conflicto, a quien primero debo atender es a mi gente. Si a mis colaboradores, que  son los más cercanos, los relego al último lugar estoy diciendo, con el lenguaje de los hechos, que son los menos importantes. Y no digamos si, por ser los más cercanos, son los peor tratados. Si eso pasara es que el directivo no ha entendido nada. Y pasa. 

Foto vía: International Information Program (IIP) vía photopincc

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