EXIGENCIA Y AUTOESTIMA

Quizá sólo aquellos que hayan tenido la suerte de haber sido exigidos en su vida por alguien que realmente les conocía y les quería, quizá sólo ellos, decíamos, puedan entender con profundidad lo que se quiere decir en este capítulo. Esas personas habrán visto en sus vidas resultados que para ellos mismos eran inalcanzables. Y esos resultados fueron posibles gracias a un auténtico educador que se cruzó por sus vidas. Y en ese momento su autoestima aumentó, para mantenerse elevada de por vida.

Pues bien, esas personas saben, porque lo han experimentado en sus carnes, que aquello que dice el refranero popular: “Quien bien te quiere te hará llorar” es una verdad como un puño; y reconocen en esas palabras mucha sabiduría pedagógica. Saben que el verdadero educador -el verdadero directivo- tiene que decir verdades como puños en determinados momentos para hacer crecer a su equipo. Y cuando encuentran a directivos que tienen miedo de exigir a su gente, piensan: “Pobre directivo y pobre equipo”. Pobre directivo, porque nunca será un buen directivo -quizá esté incapacitado-. Y pobre equipo, porque su jefe supone un tapón para su desarrollo.

Quizá esos “pobres directivos” nunca se han exigido personalmente, o quizá hayan tenido malas experiencias personales de educadores -directivos o no-, que confundían exigir con presionar y han sufrido en primera persona las consecuencias. Tienen, por tanto, una idea errónea de lo que es exigir y piensan que, como exijan su equipo, perderán su confianza. No saben que una persona poco exigida, es una persona poco valorada. 

Exigencia y autoestima están muy relacionadas. Y no olvidemos que la motivación de las personas está directamente relacionada con la autoestima de éstas. Si a un vendedor de nuestro equipo le fijáramos como objetivo anual, una meta excesivamente fácil de conseguir, probablemente se desmotivaría y -¿por qué no?- quizá piense en cambiar de empresa.

- Si así me valoran en esta empresa -puede pensar- mejor me voy.

Además, tendría muchos motivos para irse: por un lado esa exigencia mínima, manifestaría que no le conocen bien y que quizá esté infravalorado en la compañía; por otro lado, esa actitud por parte de la empresa, manifestaría que ese vendedor no tiene mucho futuro en ella; y por último, también manifestaría una falta de confianza evidente, lo cual, como ya hemos visto, es fundamental para desarrollarse profesionalmente. 

¿Porque le ocurre todo esto? Porque ha sido poco exigido.

Algunos directivos sólo “exigen” cuando las circunstancias aprietan y, al transmitir esa urgencia al equipo, lo que realmente hacen es presionarles y a esa presión -auténtica tortura- ellos la llaman exigencia. Las personas exigidas se sienten valoradas y su autoestima se convierte en un motor poderosísimo para hacerlas crecer. Las presionadas, se sienten incomprendidas y explotadas.

Al que no tiene experiencia en la dirección de personas, le puede parecer una cuestión, más o menos, de matiz. Pero aquellos que leen estas líneas y han experimentado la gozada de ser bien exigidos, saben que no es así. Bien saben ellos que es muy fina y delicada la línea que separa a los verdaderos jefes de los ineptos. A las personas con personalidad, de las vulgares. A los que de verdad dirigen, de los que se dedican a jugar a ser jefes, aunque crean que lo están haciendo muy bien.

comments