BAJAR EL NIVEL

¿Dónde se sitúa el listón de profesionalidad que se exige en una empresa? ¿Y el de un departamento? ¿Y el de un equipo? Evidentemente, se trata una responsabilidad de la persona que esté al frente y dirija al resto de miembros. Los dirigentes han de elegir cuál será el nivel de exigencia que reclamarán de sus colaboradores. Ahora bien, ¿cuál es el nivel de exigencia real de un equipo? ¿Cómo medirlo? Como en otros muchos campos de la vida, el nivel quedará marcado -como una mancha que no se borra- por el peor miembro del equipo, cuyo rendimiento el jefe no repruebe. El nivel de exigencia de una organización lo marca aquel que es menos exigido. Y el resto de miembros se plegarán en torno a él, porque el nivel casi siempre se iguala por abajo y casi nunca por arriba. Si alguien está dando más de lo que se exige, excepto en contadas ocasiones, es muy probable que, antes o después, se dirija al punto más bajo y todo el equipo se desplace a esa posición.

Ya hemos visto que una de las formas más tramposas de dirigir es lo que podríamos llamar la dirección por el miedo, donde el directivo “asusta” a su equipo con la intención de obtener el máximo rendimiento de cada uno de ellos. Sin embargo, el miedo también puede ir en la dirección contraria, es decir, del equipo al director: que los colaboradores “asusten” al directivo. Se trata de uno de los perfiles de jefes más ineficaces del mercado: aquellos que temen a sus empleados. Son personas que tienen un complejo de inferioridad en relación con sus colaboradores. Un jefe con miedo a su gente es la ineficacia personificada y, de una forma inaudita, termina haciendo ineficaz todo lo que toca. Resulta imposible que un jefe así pueda hacer crecer profesionalmente a nadie. El equipo percibe la incapacidad del directivo y actúa en consecuencia. Quizá al principio algunas personas aprovechan la situación para trampear con los objetivos y horarios. El nivel empieza a bajar. Pasado un tiempo todos se verán anclados y con un futuro tormentoso. Entonces puede cundir la desesperanza, la apatía o el enfado. El nivel sigue bajando.

¿Y qué hace el directivo? Percibe, por su parte, el desaliento de su equipo y por contentar a su gente, hace lo que sea, entre otras cosas exigir cada vez menos. Puede empezar una competición tácita, dentro del equipo, para ver quién es el que menos hace sin ser reprochado, sin que pase nada. El nivel sigue bajando a marchas forzadas. Y todo por miedo. 

A veces, estos directivos desesperados procuran ganar el prestigio que no tienen en el ámbito profesional, “haciéndose cercanos” al equipo en otras cuestiones no relacionadas con el trabajo. Por ejemplo, se someten a las conversaciones más “chabacanas”, siendo ellos los que dan la nota más alta, para que todo el mundo vea que “el jefe se maneja bien” en esos ámbitos. Esta actitud, impropia de un líder, sorprende a todos; algunas personas del equipo, al darse cuenta que esas conversaciones y actitudes gustan al jefe, sacan esos temas y provocan esas conversaciones con frecuencia para contentar a su jefe; otras personas rechazan al jefe por este tipo de cuestiones que nada tienen que ver con lo profesional. La incompetencia del jefe se hace evidente y, muerto de miedo, se pone “la careta de colega”. Lo cual no hace sino aumentar el problema. Es una buena forma de ir creando un ambiente “chabacano” que termine por asfixiarlo todo. Entonces el listón ya está por los suelos…  lo que habría que hacer es prescindir del jefe.

La presencia de un jefe siempre debería hacer subir el nivel del equipo. Lo contrario es raro. Bajar el nivel, o que éste no suba cuando estamos en presencia del equipo, es un síntoma de que algo tenemos que mejorar como jefes. En muchos casos la causa puede ser no querer disgustar a nadie, y en otros, puede manifestar un gran complejo de inferioridad en relación a ellos.

Siempre ¡subir el nivel! Es una buena garantía para el éxito.

Foto vía: SalFalko vía photopin cc

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