LA ANTIGÜEDAD NO VALE

Estábamos en una conferencia que, para ser honrados, estaba siendo bastante aburrida. El ponente era una persona brillante en su trabajo, con mucha experiencia directiva en diferentes industrias, pero como académico dejaba mucho que desear. Era un gestor, pero no un profesor y eso se notaba en la manera de llevar la sesión. Nuestra cabeza estaba a punto de “salir de la conferencia” cuando dijo algo que muchas veces habíamos comentado. 

- En mis 35 años de vida profesional he tenido oportunidad de comprobar un fenómeno singular que me hiere, porque constituye un reproche para mí: El 90% de las personas que han trabajado conmigo han dedicado más tiempo a justificarme sus errores que a explicarme su trabajo, sus aciertos. Esto, para mí, supone mi fracaso personal como directivo.

Aunque fuera un poco aburrido, por lo menos era honesto. Y eso se agradece.

En la vida empresarial, como en la personal, tendemos a auto-justificarnos y a dar muchas justificaciones a los demás para demostrar que aquello que hemos hecho mal -porque no está bien hecho- tampoco está mal hecho. Para actuar como no debemos, pero sin que nuestra conciencia nos lo reproche. Este comportamiento, tan metido en la naturaleza humana, constituye una falta de justicia con nosotros mismos y con los demás. Y se introduce tanto en los directivos como en los colaboradores..

Sí: los directivos también están aquejados de este mal. Justifican pequeñas injusticias, disfrazándolas de profesionalidad, competencia, exigencias del mercado, etc… Existe un estilo de dirección que es un desastre, porque no es ni siquiera un estilo de dirección. Hablamos de un estilo que viene a decir: “si te equivocas, te vas a la calle”.

Así, sin más contemplaciones.

Y, si alguien rebate esta actitud diciendo, “quizá antes de poner a una persona en la calle, sería bueno darle algún aviso”, la respuesta suele ser contundente: 

- A esta organización la gente tiene que venir sabiendo hacer lo que se le pide. Si no, la competencia nos pasa por la derecha. Nuestra facturación se puede resentir y con ella, el servicio a nuestros clientes y empleados. Por un motivo de responsabilidad empresarial, no podemos permitir este tipo de errores.

Respuesta que parece muy justa, equitativa y una condición necesaria para competir en el libre mercado. Sin embargo, no tiene en cuenta que el hombre es un ser que se equivoca. Si todo lo que queremos hacer bien lo hiciéramos bien, no seríamos hombres, quizá seríamos máquinas o extraterrestres. Pero no seres humanos.

Por tanto, el mensaje del que venimos hablando -si te equivocas, te vas a la calle- es un mensaje envenenado. Es tóxico, porque deshumaniza a quien lo emite y a quien lo acepta. Es una indicación que no se puede cumplir y cuando nos equivocamos, llegan las mentiras, falsedades o tensiones. Estas últimas no llegan sólo cuando cometemos el error, sino antes, porque todo el mundo es consciente de que es un “ser que se equivoca”. Por eso, al recibir este mensaje, el personal queda sumido en una inseguridad grande y en un miedo a tomar decisiones que, en algunos casos, puede llegar a paralizar.

Y, mientras, el directivo justificando el mensaje lanzado.

Otras veces, para hacer pensar al terco directivo, hemos comentado con él:

- Quizá esa persona que ha cometido aquel error tiene un buen historial en la compañía. Durante todo el tiempo que ha permanecido en ella ha prestado trabajos importantes y bien hechos. Seguramente no sea prudente ni justo obviar su pasado a la hora de valorar una equivocación puntual…

En esos casos la respuesta es tajante:

- Por su trabajo anterior ya se le ha pagado lo que le correspondía. La antigüedad no significa nada, sólo importa el presente. Ya ha cobrado sus aciertos. Ahora tiene que pagar sus errores.

Ante tal cerrazón, la única escapatoria es aludir al ambiente que se generará en el resto del equipo.

- Si actúas de esta manera, el resto del equipo estará siempre con la sensación de tener un pie en calle y ese desasosiego se volverá, antes o después, en contra tuya. Una cosa es exigir al equipo para que no se aburguese y otra, muy distinta, es que viva continuamente en una inestabilidad que le impida desarrollar su trabajo y, algunas veces, su vida personal de una manera natural.

El directivo se queda pensativo, buscando, una vez más una justificación a su comportamiento.

Un buen jefe exprime lo mejor que se puede sacar de cada persona y con un estilo de dirección como el que venimos hablando esta tarea resulta imposible. Los agentes exógenos que se crean  hacen que la atmósfera sea irrespirable

Que no nos extrañe después que nuestros colaboradores estén la mitad de tiempo justificando sus errores: ¡se están jugando los cuartos!

Foto vía: mugley vía photopin cc

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