UNA HISTORIA CON HISTORIA

Transcribimos una historia real de un amigo nuestro. No quería dejar de compartir con nosotros y con vosotros su experiencia, por si a alguno podía resultarle útil. Dice así:

Queridos amigos: Os envío mi colaboración a vuestro blog. Espero que seáis sinceros y que, si no os gusta, me lo digáis. Es una historia personal donde el protagonista, Manuel, soy yo en mis primeros años de vida laboral. Los otros dos personajes son Rodrigo –mi jefe- y León –mi compañero de trabajo-. Cuento una experiencia laboral que me abrió los ojos y que espero que ayude a otros.

Hace algunos años, Manuel, un licenciado con poca experiencia, entró a trabajar en una gran empresa del sector financiero. Durante meses se levantaba de la cama entusiasmado con el único objetivo aprender, escuchar, no dejar escapar ningún detalle de aquel mundo tan espectacular con el que tanto había soñado durante su estancia en la facultad. Durante meses era feliz: por fin había alcanzado su sueño. En su entorno profesional se encontraban su jefe, Rodrigo: un gran profesional, seguro de sí mismo, que lucía unos trajes espectaculares, tenía una maravillosa casa y empleaba coches de alta gama…Y junto a Rodrigo, siempre inseparablemente a su lado, estaba León: su fiel escudero, su mano derecha, su confidente y amigo. El resto de la planta de aquel maravilloso y elegante edificio de la capital de España estaba ocupada por grandes equipos de profesionales que pasaban días y noches pegados al ordenador y al teléfono. 

Al principio todo era maravilloso en la vida del joven trabajador, todo era novedad y cada mañana Manuel llegaba a esa maravillosa oficina y contemplaba con asombro las fabulosas vistas, mientras tomaba el café –ya preparado- y leía los periódicos financieros que alguien había dejado sobre su mesa. Junto a él ya estaban los compañeros más jóvenes, y juntos preparaban la reunión de la mañana mientras pensaban: “que suerte ser jefe, ya son las 10 y todavía no ha llegado”. 

Poco a poco la rutina del trabajo empezó a hacerse dura, muy dura: mucha labor de oficina, mucho tiempo con los ojos fijos en las pantallas de los índices de cotización para controlar en todo momento el valor de las acciones de la cartera…“¿No habrá mecanismos para poder controlar esto de otra forma?”, pensaba. Cada día sonaba el teléfono y era Rodrigo, daba unas órdenes efímeras y colgaba. Y Manuel pensaba: “Sigue sin darme los buenos días, desde que estoy aquí ¡nunca me ha dicho buenos días! ¿Este hombre será feliz?” 

Los días pasaban, también los meses y Manuel empezaba a padecer el estrés propio de un puesto como el suyo. El entusiasmo se evaporaba, la vida cada vez tenía menos color rosa y todos los tonos tendían al gris…Día tras día se acostaba dando vueltas en su cabeza sobre si verdaderamente esto era lo que el quería en su vida. Dudaba de que estuviera siendo feliz.

Una tarde Rodrigo llamó por teléfono a León y le informó de que su mujer, al fin, estaba de parto. Rodrigo y su mujer deseaban ese hijo más que a nada en el mundo, era la hora que esperaban, el momento más feliz de su vida. A la mañana siguiente su mujer sigue de parto; entonces, un importante cliente llama a la oficina y lo coge León. El cliente pregunta por Rodrigo porque quiere cerrar un negocio de gran envergadura y León lo llama sin dudarlo…. Rodrigo en plena sala de partos no duda en coger el teléfono y da instrucciones mientras el ginecólogo y la matrona le obligan a desconectar el móvil por problemas con los sistemas de control. Mientras tanto, su mujer grita desconsolada que deje el teléfono y esté con ella en ese momento. Rodrigo cuelga, pero para sorpresa de los médicos, de la matrona, de su propia mujer y seguramente del mismo bebé, sale de la sala de partos y llama a León para dar indicaciones de cómo cerrar ese acuerdo. Su decisión fue estar fuera de esa sala de partos para cerrar el negocio y no ver nacer a su hijo.

Entonces Manuel pensó: “Este hombre no es feliz. No es un modelo para mí, por muchos trajes, casas y coches que tenga. No me atrae nada su vida. ¿Qué quiero hacer con mi vida? ¿Qué va antes en mi vida: dinero o familia?, ¿Vivir para trabajar o trabajar para vivir?”. Ese mismo día Manuel redactó su carta de baja voluntaria abandonado ese trabajo para el que tanto se había preparado.

A día de hoy Manuel es feliz y gestiona una pequeña empresa donde sus empleados son parte de su familia. Le gusta saberse rodeado de gente que le quiere. Sabe que ha decidido bien porque el dinero lo puede comprar casi todo, pero nunca la sonrisa de un hijo; ni el beso amoroso de tu mujer; ni la charla distendida con un amigo; ni la belleza de ver como tus hijos andan por primera vez, sonríen, dicen su primera palabra o incluso -porque no decirlo- aman por primera vez.

Por su parte, Rodrigo ha decidido dormir sólo en una habitación. En otra duermen su mujer y su hijo y cuando éste llora, su mujer se despierta para cuidarle, mientras Rodrigo duerme porque tiene que estar descansado para trabajar al día siguiente.

Con esta pequeña fabula, con esencia real,  lo que pretendo es hacer recapacitar sobre los deseos del ser humano. El hombre desde sus orígenes necesita trabajar, porque es condición humana y porque tiene que sentirse realizado, sentirse útil y comprobar que trabaja para un fin común y en comunidad. Ahora bien, ¿Qué es el trabajo? Trabajo es todo aquello que repercuta directamente para el beneficio y desarrollo de una comunidad, y no sólo aquel que se gratifica monetariamente, ¿Tal vez no es trabajo el de un misionero?, ¿o el de un ama de casa que cuida con tanto esmero a su familia?, ¿o el de un voluntario que recorre las calles en busca de donativos para organizaciones no gubernamentales? Sin embargo, pese a que el trabajo es condición del ser humano, el dinero no lo es; éste es una imposición humana como método universal del trueque. Por tanto, aunque el dinero es básico para la vida, no es único en la vida, porque como dice el refrán “no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”. No soy quién para deciros lo que debéis hacer en la vida, pero sí para deciros que nadie será feliz alcanzando bienes terrenales a costa de empeñar sus amores.

Me despido y digo hasta pronto porque tendré muchas cosas que aprender para transmitiros. Espero que este texto sirva al menos para que una persona reflexione, si es así habré conseguido más que nadie y seré parte de su felicidad. 

Nos envió esta historia y a nosotros nos pareció estupenda. Muchas gracias, J.

Foto vía: Victor1558 vía photopin cc

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