LA CURVA DE LA VIDA

A lo largo de la vida profesional, los ingresos económicos van por rachas y, en general, con una tendencia ascendente con los altibajos propios de la coyuntura económica. Si generalizamos un poco, se podría decir que la mayoría de las personas empiezan con pocos ingresos, luego éstos empiezan a subir poco a poco hasta que llegan a un punto de inflexión a partir del cual empiezan nuevamente a bajar. Desde luego, después de jubilarse no es el momento, por lo general, en que más se dinero se gana. Y como todos sabemos, bajar de nivel de vida, cuesta bastante.

El terreno de lo personal también tiene forma de campana. Al nacer la persona es válida para muy poquitas cosas. Los movimientos de un recién nacido son completamente aleatorios, su voluntad es escasa y su capacidad de comunicación y abstracción bastante limitada. Necesita ayuda para absolutamente todo. En términos filosóficos podríamos decir que tiene mucha potencialidad pero poco acto. Eso sí, es igual de persona que un adulto y comparte la misma dignidad que toda la especie humana. Con el tiempo, el bebé se desarrolla física e intelectualmente y se empieza a ser cada vez más capaz. Se alcanza la etapa de la adolescencia, de la juventud y de la madurez. Después se llega a momentos en que somos tremendamente válidos, hasta el punto de que parece que nos bastamos a nosotros mismos para todas las cosas de la vida. Estamos en la cima de la campana, pero poco a poco la curva empieza a descender, nuestra capacidad disminuye y empezamos a ser menos válidos. Si vivimos lo suficiente, llegará un momento en que la curva llegue a la misma altura del principio y estemos en la misma situación de partida: en la vejez el grado de dependencia aumenta y además no hay marcha atrás. Quizá algunos pasaremos a depender totalmente, otra vez, de los demás. Una vez que se inicia la cuesta abajo lo único que se puede hacer es bajar y el final del camino es bien conocido. 

El proceso anterior es obvio, evidente y constatable con sólo abrir los ojos. El hecho de que uno piense que eso a él no le va a pasar, es otra manifestación de querer crear la verdad a partir de lo que me conviene o me apetece, de lo que pienso, no a partir de la realidad de las cosas.

Si bajar en el terreno de lo económico es duro, bajar en el terreno físico e intelectual debe ser más duro todavía. Por tanto, el sentido común me dirá que tendré que estar preparado para la bajada en ese terreno, por lo menos tanto como el monetario.

¿Cómo? Cuidando los cariños. Puede sonar cursi, pero bien pensado, no lo es. Hay que procurar que cuando uno sea mayor, si es materialmente posible, le cuide alguien que no cobre por hacerlo.

¿Tacaño? ¿Egoísta? No, lo que pasa es que si no cobra y me cuida es una manifestación de que me quiere, que es a lo que aspira todo ser humano: a querer y a ser querido. Además, es una garantía de que mientras estábamos en la plenitud de la vida, hemos sembrado cariño a nuestro alrededor y en la vejez recogemos y saboreamos los frutos de ese cariño.

También en esos momentos hay que mantener despierto el “sentimiento de utilidad”, hay que sentirse útiles y, en la medida que se pueda, prever en qué se empleará el tiempo en esas circunstancias. Hay directivos jubilados que, en esa situación, no saben qué hacer con su vida. Cuando trabajaban no tenían tiempo para nada y ahora no tienen nada para el tiempo. Intentan consolarse con las aficiones, la buena comida, manteniendo un cierto nivel de vida y un tono físico y económico pero, en el fondo, quizá algunos de ellos estén vacíos, sin nada, existencialmente aburridos. En ese momento las prioridades vitales se replantean y todo lo que han sostenido durante toda su vida se tambalea. 

Sus opiniones les satisfacían en la cima de la campana: allí las creencias no eran necesarias. Pero ahora, cuando están bajando, se dan cuenta de que necesitan creencias donde apoyarse y que sus opiniones no son un punto de apoyo seguro. Ya lo hemos dicho y lo repetimos: en los momentos duros no valen las opiniones -lo que yo sostengo-, sino las creencias -lo que me sostiene a mí-.

Quizá entonces caen en la cuenta de que no tener en cuenta lo espiritual de la persona -el deseo de trascendencia- es un error, y no formarse para llenar ese vacío, un error mayor. 

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