PAGA LA EMPRESA Y EL SÍNDROME DEL HOMBRE LOBO

¿Quién no ha disfrutado viviendo las aventuras de superman? Era admirable la rapidez con que cambiaba de identidad dentro de una cabina telefónica para transformarse en el hombre más fuerte del planeta. Y ¿quién no ha visto alguna vez al hombre lobo aullar a medianoche? Era espectacular contemplar la metamorfosis que se producía cuando aparecía la luna llena: el cuerpo se cubría de pelo, se alargaban las orejas, las uñas se afilaban, los colmillos se prolongaban y asomaban por la comisura de los labios, el gesto se animalizaba…

En el mundo empresarial hay mucho experto en cambiarse de traje en cabinas telefónicas y mucho directivo que sufre su propia metamorfosis como el hombre lobo. 

Todos los hemos visto, abundan: son tremendamente cuidadosos en su vida personal y para sus cosas. Sus objetos reciben todos los cuidados necesarios y están en perfecto estado. Y todo esto con sobriedad, sin gastar más de la cuenta. Meticulosos en el céntimo. Realmente se trata de personas ejemplares en ese ámbito. Tienen cualidades muy apreciables que además indican un grado de madurez respetable. Tienen criterio, tienen medida. 

Y todo ese recato en el gasto se transforma inexplicablemente en suntuosidad cuando paga la empresa. Al grito de “¡Paga la empresa!”, se le afilan los colmillos y empieza el despilfarro. En los viajes, en las comidas, en los congresos, ya no existe esa moderación. Como paga la empresa, piden lo más caro para comer y “saquean” el minibar en la habitación del hotel. 

La imagen que dan a su equipo no es precisamente ejemplar. Y el mensaje es nítido: “Aprovéchate de la empresa hasta donde puedas”. Incluso hacen gastos innecesarios.

Todas las virtudes anteriormente descritas parecen que eran falsas o les faltaba asentamiento. No podemos olvidar que la sobriedad y demás cualidades que le rodean, definen la calidad de una persona. Todas las virtudes son personales, por tanto, tiene que vivirlas uno como persona. En este caso, por tanto, independientemente de quien sea el que pague.

Hace poco nos contaron una anécdota de un alto miembro del gobierno de un país occidental, concretamente un ministro. Por motivo de su profesión tenía que viajar constantemente y debía pasar noches en distintos hoteles de todo el mundo. Las facturas de todos los hoteles reflejan que siempre pedía lo mismo para pasar la noche: una pequeña botella de agua mineral para ingerir unas pastillas recetadas por el médico. Y nada más. Evidentemente, pagaba el Estado. Era un hombre cuidadoso.

En el caso que nos concierne, aunque pague la empresa, las virtudes también hay que vivirlas. Si no, no serían virtudes y el recato en la vida personal no sería más que una máscara debajo de la cual se escondería el hombre lobo, o mejor dicho, un tacaño. Y la tacañería no es virtud. Es un defecto.

No debemos olvidar que la autenticidad, la clase humana genuina, siempre termina siendo premiada por el equipo al menos con un cierto respeto interior. Si existe una dicotomía cuando paga la empresa y cuando paga mi bolsillo, el equipo también captará el mensaje. Nuestro comportamiento es un emisor continuo de mensajes y el equipo un receptor siempre atento. Y no existen mensajes neutros: o lanzamos mensajes positivos, o los lanzamos negativos.

En este caso, nuestro comportamiento incita a la gente a imitarnos, y por tanto, a hacer gastos innecesarios.

Y lo habitual será que, en el largo plazo, la gente se acabe comportando -máscaras fuera- como realmente es, como realmente vive. Todos los esfuerzos que se hagan por intentar vender una imagen distinta de lo que uno es, acabarán siendo estériles. El hombre lobo siempre será un hombre lobo.

 
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