LA IMPORTANCIA QUE UNO SE DA

Por desgracia una de las características más preocupantes de esta sociedad en la que vivimos es el pensamiento débil y una de sus consecuencias es el incremento de crisis personales en el mundo directivo. En los últimos años, hemos tenido oportunidad de comprobarlo de manera trágica: las estadísticas sobre el número de suicidios de directivos ha aumentado dramáticamente en distintas empresas de todo el mundo.

Hay muchas personas que tienen como objetivo vital triunfar en el mundo profesional. Es decir, a lo que de verdad aspiran en la vida, por encima de lo personal, es a llegar a lo más alto posible en el mundo empresarial. Obsérvese que no hablamos de objetivo profesional, sino vital. Y ponen a disposición de este objetivo todas sus energías. Con frecuencia se ven en las papeleras de sus despachos bebidas energéticas, para aguantar y resistir. Lo importante es llegar arriba. Meten una presión tremenda a su equipo. La meta es llegar. Ser importante.

Como es un esfuerzo a mayor gloria de ellos mismos, se trata de una exigencia que no les hace madurar como personas. ¿Por qué?

La única forma que tiene el ser humano de madurar, es mediante el esfuerzo personal enfocado hacia fuera. También mediante el sufrimiento, siempre y cuando esté bien enfocado. Por eso, una persona que se exija mucho a mayor gloria suya, no madurará.  Para que se produzca esa mejora personal, el esfuerzo tiene que revertir, de alguna forma, en los demás. La falta de madurez, producida por esa ambición desbocada, hace que los directivos confundan continuamente las creencias y las opiniones. Y la diferencia es fundamental. Una opinión es lo que yo sostengo, mientras que una creencia es lo que me sostiene a mí. Por eso, cuando todo va bien pueden confundirse. Sin embargo, cuando todo empieza a torcerse, se ve claramente la diferencia.

Cuando las cosas van bien, parece que las opiniones son creencias, y, por tanto, nuestras opiniones nos sostienen. Sin embargo, en momentos de dificultad, cuando vienen mal dadas, el directivo cae en la cuenta de que sus creencias no le sostienen. Sus creencias no eran más que opiniones. Esta confusión que permanecía oculta, se presenta con toda su crudeza en momentos de conflicto. Entonces es cuando se producen las crisis personales a las que antes aludíamos.

En la vida del directivo la frustración, tarde o temprano, aparece. Como todos sabemos, el mundo profesional no es fácil. Una persona que ponga su vida profesional por delante de su vida personal, de sus hijos, de lo que deberían ser los motivos para vivir, en realidad lo que está haciendo es poner su ambición como un referente para su vida. Como el único referente. 

Las organizaciones están llenas de ellas de personas que actúan así, y que se podría decir que son personas sin creencias. Se trata de personas que, sin saberlo, se debaten entre la nada y el vacío.

Cuando el fracaso o el estancamiento profesional, -han llegado a su techo- aparece en su vida, ¿a qué se agarran? ¿Cuáles son los valores que fundamentan su vida? Cuando esto ocurre, y no es un hecho infrecuente, el fracaso es muy difícil de sobrellevar para una persona sin creencias. 

El móvil deja de sonar, nadie nos consulta, apenas recibimos emails, los que han estado haciendo la pelota de forma habitual dejan de saludar… 

Es el momento de los valores, las creencias. Si no se tienen, aparecen dos caminos: o se reconoce la importancia de mejorar como persona, o la desesperación y el celo amargo aparecen en la vida. 

Cuando uno apunta donde no debe, lo normal es que no dé en el blanco.

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