SERVILISMO PERMITIDO

Automotivacion

El estatus social del directivo dentro de la organización le puede llevar a tolerar un cierto servilismo. Es una realidad que en las organizaciones existe un servilismo permitido y abundan los directivos que no tienen la suficiente personalidad para cortar con ese servilismo hacia su persona. Se entiende que así, con esa actitud servil por parte de sus colaboradores, el afamado directivo se sienta más seguro. Pero también es comprensible que la vanidad haga mella ¿A quién no le pide el cuerpo ser servido? Cuando esto ocurre y no se frena, es indudable que uno mismo se está catalogando como jefe.

Esa actitud constituye una muestra de inseguridad personal por parte del jefe, o bien es una manifestación de narcisismo patológico. Hemos visto, en algún caso, actuar de esta manera como una forma de utilizar la organización para fines personales y los resultados finales han sido catastróficos. Un jefe tiene que transmitir a todo su equipo que él va a valorar a sus hombres exclusivamente por temas profesionales y después tiene que actuar conforme a ese criterio. Si no lo hace así, acabarán haciéndole mella los peloteos y los halagos, aunque no lo parezca a priori. Y es bastante probable que, antes o después, termine faltando a la justicia.

O la categoría humana del jefe es muy grande o, al final, terminará cayendo en la trampa. La gente lo sabe y por eso actúa de esa manera tan servil: para conseguir que la balanza se incline hacia su lado; para obtener un trato especial; para lograr que su jefe se comporte injustamente a su favor. La confusión campa a sus anchas por todos los dominios de éste directivo y esa persona que tenía aires de grandeza, antes o después, se dará  cuenta de que ha sido manipulado por su propia gente. Adular al jefe, no lo olvidemos, es un intento de manipularlo: traición sibilina.

La caída en desgracia de las personas con este estilo de dirección, suele ser en picado aunque al principio no sea muy estrepitosa o ruidosa. Se manifiesta, por parte de su equipo, en forma de confidencias y cuchicheos, contar lo que no se debe a quien no se debe. Mientras esto sucede, el jefe no se da cuenta y cree que toda su gente estará siempre a su disposición porque, en un ataque de vanidad, piensa que se merece ese círculo de aduladores. Lo paradójico es que mientras el sigue “en su burbuja” todo el mundo empieza a darse cuenta de su penosa situación; poco a poco la fama, el prestigio y la autoridad de ese directivo se van erosionando… y entretanto el jefe permanece aferrado a su autoridad. Lleva un comportamiento  totalmente ajeno a la realidad que le rodea.  Está ciego y no se da cuenta del daño que se hace. Y, de repente, una bofetada de realidad: los que antes le adulaba,  son sus críticos más detractores. 

¿Cómo se ha llegado a todo eso? Por falta de conocimiento de sí mismo y por una mala administración de la autoridad.

Al final, cada uno se va haciendo su carrera profesional. Y puede ir lanzando mensajes que no debiera, pero que las personas captan. En muchas ocasiones, son cosas que no tienen nada que ver con lo profesional y sí con lo personal.

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