NARCISISMO Y FRACASO

Se abre el telón y nos encontramos con presidentes que, cuando piden opinión sobre lo que ocurre en el equipo directivo, o sobre la forma de enfocar algún asunto, lo único que quieren escuchar son alabanzas. Son directivos que se sienten poseedores absolutos y exclusivos de la verdad y las presentaciones en el Comité de Dirección son meras representaciones teatrales.

No importa el tema que se trate -cómo desarrollar productos, cómo implementar negocios, nuevas líneas de expansión…- porque lo único importante es hacer referencia continuada a la persona que preside la reunión en tono halagüeño, o por lo menos, estar muy seguro de que el contenido le va a gustar. Discrepar es peligroso. El directivo o presidente narcisista empezará a percibir como no apto para formar parte de ese equipo de éxito en el futuro a todo aquel que discrepe de él. Por eso todos los miembros del Equipo de Dirección representan cada día una obra de teatro que es siempre aduladora para el presidente. Cada día se abre el telón y empieza la función.

Un directivo con esa forma de ser y dirigir, se siente dueño de la vida de los demás y requiere de continuas alabanzas. Muchas veces son dadivosos con su equipo, pero a cambio exigen la cuota del halago; son generosos, porque eso les reporta reconocimiento. Es más, cuando exigen a su gente, cuando piden que no se peleen entre ellos o que no hablen mal de otro miembro del equipo, sólo lo hacen para obtener reconocimiento y utilizan estas indicaciones como una forma más de imponer su criterio y agrandar su imagen dentro de la compañía. Cualquier decisión suya está presidida por un criterio superior: ser más importantes.

Con el transcurso del tiempo, llega un momento en que no se dan cuenta de que están siendo halagados y se producen situaciones tan ridículas que da vergüenza ajena contemplarlas. Todos se dan cuenta. Todos menos ellos, que están sumergidos en ese ambiente empalagoso que produce el continuo halago y adulación. La función teatral toma tintes de telenovela…

Cuando alguien no sigue esta corriente de halago, el mismo jefe empieza a buscarle faltas o defectos profesionales. Dice que no tiene la cultura de la empresa, que no ha entendido bien las cosas. Empieza a preparar el terreno para quitárselo de encima. El equipo se da cuenta de ello y lógicamente aumenta el nivel de alabanzas, con ocasión y sin ella. El teatro continúa.

Todo el mundo se siente mal con lo que está haciendo, pero no se sabe o no se quiere dar marcha atrás. La obra de teatro está muy avanzada y nadie se atreve a manifestar que lleva fingiendo -actuando- mucho tiempo. Todos saben que están siendo manipulados y son conscientes de que se están vendiendo a los caprichos de su jefe; saben que no deberían regalarle tanto la oreja, pero lo hacen.

Esa sensación desaparecerá sólo cuando el encumbrado jefe salga de la compañía. Entonces mucha gente dirá que no le “hizo la pelota” nunca y que jamás actuó delante del jefe.

No es rara esta forma de actuar en el seno de algunos equipos, aunque pueda parecer extrema. En casi todas las corporaciones hay pequeños equipos que son dirigidos de esta manera.

¿Y que pasará con el jefe?

No será fácil bajarle de su pedestal. Si salió bien de la compañía -jubilación, indemnización o bien la marcha a otra corporación- se buscará otras marionetas, en otra compañía o en su ámbito personal, otros guiñoles con los que continuará la función teatral. Pero si no fue una salida buena -si se lo han quitado de en medio- el fracaso aparecerá en su vida. Igual que una persona tiene que estar preparada para triunfar, también hay que estar preparado para el fracaso, que antes o después, suele llegar. Entonces es cuando se diferencia a los hombres de los niños, como dicen los ingleses.

Necesariamente se tendrá que quitar la careta, ya no vale vender imagen. Aparecerá como realmente es, con sus cualidades y sus defectos. Entonces se refugiará en su fracaso y ese refugio consiste en tomarse compensaciones, y en buscar culpables fuera de él mismo. Pretenderá solucionar los problemas diciendo que lo que ha pasado, no ha pasado. Y en todo caso, el culpable es otro. La obra de teatro empieza a tomar tintes de drama o de tragedia. El presidente no estaba preparado para este final inesperado y la amargura llena el escenario.

Se cierra el telón.

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