VIVIR AL DÍA

Estamos viviendo una época histórica que tiene algunas paradojas y contradicciones curiosas. Una de ellas es el contraste que existe entre las planificaciones a corto y a largo plazo de las personas. Por un lado tendemos a programar nuestra vida a lo largo de los años: “me casaré a los 30 años, tendré tantos hijos, trabajaré un par de años en el extranjero, después compraré una casita en el pueblo o en la playa…” Somos muy cautelosos con lo que nos pueda deparar el futuro y dedicamos tiempo a planificarlo para evitar contratiempos innecesarios; y por otro lado -quizá para otro tipo de cosas-, muchas veces preferimos vivir el instante presente a tope, optamos por centrarnos sólo en lo actual, sin pensar en lo que el futuro nos pueda deparar.

Esta actitud puede ser lógica y razonable pero siempre dentro de un orden. Decimos que se trata de una actitud coherente siempre y cuando las cosas que disfrutemos en el presente sean consistentes -no estén en contraposición- con las que esperamos disfrutar en el futuro. Es obvio: siempre para llegar a nuestro destino necesitamos luces largas y luces cortas. Visión a largo plazo y visión a corto plazo. Como decía un amigo nuestro: la mirada al frente y alta y el paso corto, pegado al terreno; y esto tanto en los negocios como en la vida. La condición para tener éxito es que el paso y la mirada apunten a la misma dirección y tengan, por tanto, el mismo destino, el mismo fin. Si no, se producen paradojas o contradicciones.

Parece que estamos tratando de encontrar el elixir de la eterna juventud y también parece que estamos deseando hacernos viejos. Ya hablaremos de esas personas que añoran la prejubilación o el momento que dejen de trabajar, para poder hacer todo lo que no han hecho en su vida laboral y entonces “ser felices de verdad”. A todos ellos, si les preguntáramos “pero tú, ¿quieres hacerte viejo?”, nos contestarían muy firmes: “No”.

Y no se dan cuenta de que todo lo que les emociona y motiva, ocurrirá cuando ya sean viejos. Se trata una vez más de una contraposición entre realidad e ilusión.

Otro decía muy contento -son palabras textuales-:

- Yo cuando me muera, tendré un gran patrimonio.
- ¿Y qué?, le preguntaron.

Lógicamente, no hubo respuesta.

En nuestro pensamiento sólo estamos analizando la parte de la vida que nos conviene, por tanto, estamos llegando a verdades parciales o, sencillamente, a mentiras. Esas conclusiones -mentiras a las que damos categoría de verdades universales- no pueden guiar una vida. Por esa razón muchas personas prefieren vivir al día: el carpe diem está cada vez más de moda. Y aquí llega la paradoja: tenemos todo planificado, todo pensado, añoramos el futuro y evitamos acciones que puedan tener repercusiones dolorosas… y después preferimos vivir al día, cometiendo actos que harán que ese futuro nunca llegue. Nos hemos construido un futuro a base de medias verdades. La estructura de nuestro futuro es débil como la verdad que la fundamenta: una mentira para nuestro interés personal. Nuevamente huimos hacia delante. Y para soportar la mentira en nuestras vidas: ¡carpe diem!, ¡A vivir, que son dos días!

Y es que el miedo a la verdad es de locos, pero el miedo a la verdad propia es propio de suicidas.

Ese “vivir al día” es un claro síntoma de egoísmo. El razonamiento interior es claro: sólo quiero vivir al día en aquellas cosas en las que, si me pusiera a pensar, tendría que dar un vuelco a mi vida y, como no quiero cambiar, vivo al día. A veces sí quiero cambiar, pero no me veo con fuerzas para hacerlo. Ser consciente de esta situación es muy frustrante para la persona. Solución: disfrutar el momento y no pensar.

Hace poco a un amigo, que estaba viviendo con la tercera mujer y tenía hijos de dos anteriores, le preguntaron:

- Tú, cuando seas viejo, ¿has pensado quién va a cuidar de ti?
- Yo vivo al día, respondió.

Era para lo único que vivía al día, porque en cambio estaba muy preocupado por el plan de pensiones.

¡Olé! Viva la coherencia.

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