SABER SALIR

La crisis financiera ha provocado despidos de una manera masiva en corporaciones de todo el planeta. Los malos resultados han llevado a muchas empresas a cerrar unidades de negocio o incluso a presentar el concurso de acreedores. Se han dado situaciones trágicas de personas -grandes profesionales- que se han encontrado en la calle sin muchas alternativas de dedicación profesional. En esos procesos de reducción de plantilla, hay empresas que han actuado con gran profesionalidad y otras que han sido víctimas de su falta de integridad. Y también hay personas que se han comportado como caballeros y otras que se han dejado arrastrar por sentimientos de irritación.

Cuando empezamos a escribir el libro, presenciamos una conversación digna de ser grabada. Un directivo completamente bloqueado no paraba de darle vueltas a una misma idea. Estaba paralizado: no entendía nada. 

- Me ha dado las gracias, decía perplejo.

Acababa de comunicar el despido a otro directivo que había formado parte de la organización durante los últimos diez años.

- Me ha preguntado unas cuantas cosas, sobre todo legales, y al salir, ¡me ha dado las gracias!

Después de esta reacción inesperada de aquel ex directivo, estaba empezando a dudar sobre si habían acertado con la decisión de despedirle. 

Hace años para ser despedido había que hacer algo “gordo”. Por tanto, no era fácil que una persona honesta pudiera ser despedida. Ahora no. El despido se ha convertido en una práctica extendida. Se ha generalizado, las causas son cada vez “menos gordas”, se ha socializado, incluso desde la última reforma laboral, ¡se ha abaratado! A ciertos niveles basta que uno no sea de la confianza del nuevo gestor para que tenga que dejar la organización. Todo es coherente, todo “cuadra” con los tiempos que vivimos: hay menos vínculo del empleado con la empresa y también menos compromiso de la empresa con el empleado. 

Es precisamente en una situación tan difícil y dolorosa como un despido donde se puede ver la categoría de una persona. Ojalá se pudiera ver antes, pero a veces ocurren sorpresas, como a nuestro amigo… La vida da muchas vueltas y es bueno saber qué dice una persona después de ser despedida. En esas situaciones complicadas los valores reales afloran y uno se comporta como realmente es. Lo que podría temer ya ha ocurrido: han prescindido de él.

Lo más frecuente, al menos en nuestra experiencia, es que cuando uno se va de una organización, se vaya peleado con todo el que ha tenido que ver, aunque sea remotamente, con su despido. Probablemente los resquemores se agudicen con las personas que van a ocupar su posición en esa nueva etapa de la compañía y con aquellos que él sabe que son los que han tomado la decisión de prescindir de él.

En esos momentos hay que saber que fuera de esa empresa hay vida, aunque no lo pareciera durante los años que hemos estado trabajando en ella. También sería bueno tener en cuenta que cuando a uno le comunican el despido, la resolución ya ha sido aprobada y ya se puede poner uno a berrear, o puede demostrar que es un error o puede hacer lo que sea. Va a dar igual: la decisión está tomada y no hay vuelta atrás posible. Por tanto, quizás lo mas digno y lo que demuestre una mayor libertad y categoría será asumir cuanto antes la nueva situación. Uno no forma parte del nuevo proyecto que se inicia con su marcha.

Generalmente pensamos que es difícil que se prescinda de nosotros, porque lo que hacemos es muy importante para la empresa y somos prácticamente insustituibles. Además, trabajamos muy bien. De ahí la sorpresa cuando a alguien se le comunica que se prescinde de él: “¿Cómo es posible que esta empresa vaya a ganar dinero sin formar yo parte de ella?” Mientras nosotros pensamos eso, los que se quedan piensan que no sólo van a ganar dinero, sino que van a ganar más dinero si nos vamos: si no, no seríamos despedidos.

Siempre se hace duro aceptarlo. ¿Quién piensa que él mismo es un estorbo para la empresa? ¿O que su despido es un acierto? 

Parte de la sorpresa -y del enfado-  puede provenir, todo hay que decirlo, de que uno no se conoce bien a sí mismo. Si se conociera, probablemente, se extrañaría menos y el enfado sería menor. El proceso de conocimiento de uno mismo, implica la aplicación de unos valores que ayudan a superar mucho mejor todos estos tragos amargos. Lógicamente, el destrozo producido es mucho mayor, una vez más, si nuestro único objetivo vital era el trabajo.

Ahora, de una forma u otra, habrá que empezar de nuevo y llegar a lo “más alto” será más difícil. Pero con una visión equilibrada de la vida y sabiendo que la profesión es un medio y no un fin; teniendo en cuenta que en la vida hay otras cosas que afectan más a la felicidad humana, los problemas se superan con facilidad y sin traumas. Con estos valores, la dureza del momento se podrá sobrellevar como le corresponde a un caballero, a una persona con criterio. Se sabrá salir de la empresa como se ha trabajado en ella: como un señor. 

La dignidad siempre hay que mantenerla. 

“Me ha dado las gracias”, sigue pensando nuestro directivo cada vez más convencido de su error.

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