FALTA DE LEALTAD Y SUFRIMIENTO DEL JEFE

Automotivacion

Echar a alguien no es fácil y debería llevar a ciertos planteamientos éticos relacionados con la bondad o no de la decisión que se va a llevar a cabo. La gente tiene un histórico en las empresas y tampoco se les puede pedir que estén excelsos siempre. Las personas pasan por etapas y aunque, en general, se debe pedir a cada uno que trabaje bien, también hay que comprender que no siempre se obtengan los resultados apetecidos. 

Son muchas las circunstancias que pueden afectar al rendimiento personal de cada uno. La vida personal, por ejemplo, afecta mucho a la concentración y puede quitar la paz necesaria para ser eficaces en el trabajo. En el fondo, todos sabemos que el hombre es una unidad y difícilmente separa lo profesional de lo personal, aunque lo intente denodadamente.

¿Cómo actuar ante la bajada de rendimiento por una enfermedad grave de un hijo? ¿O ante el cansancio acumulado por el cuidado continuado de unos padres ancianos?  No es fácil decidir y, algunas veces, la administración de  justicia no es una de las asignaturas más fáciles para un directivo. Hemos visto mucho sufrimiento y mucha duda en este terreno en directivos que quieren actuar responsablemente.

Hay jefes que realmente quieren ser éticos y tener todas estas variables en cuenta a la hora de decidir. Actitud -no lo olvidemos- que puede ser utilizada por alguno de sus colaboradores. Siempre habrá trabajadores cuyo comportamiento vaya dirigido al engaño. Pero siempre serán pocos en comparación con los muchos que luchan por ser honrados. En esos casos excepcionales el buen directivo pasa de ser bueno a tonto de la noche a la mañana. Un ejemplo de nuestra experiencia puede servir para ilustrar este peligro.

Hace no mucho tiempo, una persona que trabajaba en una gran empresa del sector textil recibió una oferta de trabajo para incorporarse a trabajar a la competencia. Estaban muy interesados en contar con sus servicios a toda costa. Era tanto el interés de la competencia que el candidato se dio cuenta de que tenía un gran poder negociador en el proceso y exigió un tiempo bastante amplio para dar una respuesta. Tenía todo pensado en su cabeza -no era precisamente tonto- y su perversa mente calculó los tiempos y estableció una estrategia para engañar a las dos empresas. Tenía la sartén por el mango. Su cabeza, carente de escrúpulos, razonó de la siguiente manera: 

Si me voy, me dan la liquidación. Si me echan, como sé que se van a portar bien conmigo, me darán tanto dinero por despido. 

Su cerebro anticipaba la buena intención de unos y de otros; y él, con toda la mala intención del mundo, se aprovechaba al máximo. Como tenía tiempo por delante, se puso como objetivo provocar su propio despido. Por supuesto, en su comportamiento no había ninguna manifestación llamativa, todo fue poco a poco: empezó una bajada inusitada de rendimiento que él achacaba a cuestiones personales, tampoco exigía al equipo y los resultados empezaron a empeorar. Su jefe, buena persona, sufrió durante ese tiempo como una bestia. Puso muchos medios para ayudarle. Todos los que pudo, pero toda la ayuda era estéril. La apatía y el descontento empezaron a merodear el ánimo de todos. Su jefe lo pasó muy mal para tomar la decisión de prescindir de él. Y para procurar hacerle más llevadero el mal trago consiguió unas condiciones favorables para su despido. La persona fue expulsada de la organización, con el consiguiente sufrimiento de su jefe que no entendía cómo había ocurrido ese cambio de conducta tan repentino en esa persona. Sufrimiento que no terminó hasta que la persona despedida entró en la otra organización. Entonces el antiguo jefe se dio cuenta de que el cambio de comportamiento había sido perfectamente premeditado. Descansó, porque el otro había encontrado trabajo; pero también sufrió, porque descubrió que había sido engañado por alguien que él creía leal. 

Quizá se nos pueda decir que la mayoría de los jefes tienen una gran soltura para despedir y que esos escrúpulos son propios de un tipo de jefe que apenas existe en nuestra sociedad. Pues esos jefes existen y son más abundantes de lo que podríamos pensar.

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