TENGO UNA MALA OPINION DE MI MISMO

Cada vez se habla más de la autoestima; del ego; de saber quererse, comprenderse y aceptarse; y de las mil formas convivir con uno mismo. Parece como si al hombre contemporáneo le costara relacionarse consigo mismo más de lo habitual; o bien, no se aceptara tal como es.

Mi experiencia me dice –admito y valoro experiencias distintas- que, en general, las personas que tienen que estar continuamente demostrando su supremacía; que presumen de una gran seguridad; que, con ocasión o sin ella, tienen necesidad de dejar clara su preponderancia; en definitiva, las personas que tienen mucho ego, también suelen tener en el trasfondo de insatisfacción personal. Y actúan así como mecanismo de defensa: cubren con un caparazón toda la falta de seguridad y de confianza que tienen en su interior. Es probable que, en el fondo, no se sientan queridas, o bien, sean altamente manipulables. Debido a la mala opinión que tienen de sí mismas, no soportarían que los demás también tuvieran una mala opinión de ellas y, como consecuencia, van a favor de corriente siempre: encuentran su seguridad en lo políticamente correcto, en lo que se lleva; seguridad que les deja un vacío tremendo. En el fondo saben que sólo los peces a merced la corriente. Lógicamente, cuando tiene que tomar decisiones importantes en la vida, esa falsa seguridad aflora en forma de fracasos dolorosos. No es difícil que se casen con la persona equivocada, o que tengan relaciones sexuales, simplemente por miedo a ser rechazados o a decir que no.

En el caso de las chicas, las relaciones tempranas suelen ser señal de necesitar la aceptación de los demás, manifestación de tener una mala relación consigo mismas, de falta de autoestima. Saben que se están engañando, son conscientes de que intentan demostrar en la vida social, lo que no son en la vida personal, íntima. 

La mala opinión que uno tiene de sí mismo se vierte en expresiones como: “No me quiero suficiente”; “No me perdono”; “Debería quererme más”… Para quererse hay que aceptar la verdad última de uno mismo y de los demás. Por eso, muchas veces, no quererse ni perdonarse, es  el resultado de no saber querer ni perdonar a los demás; y, lo que es más doloroso, no saberse ni sentirse perdonado. 

Ayuda mucho a sentirse bien con uno mismo aceptar la propia realidad personal e ir contracorriente cuando sea necesario, aunque, algunas veces, implique un cierto rechazo de los demás.

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