ME JUEGO LA CARRERA PROFESIONAL

¿Quién no ha visto alguna vez reportajes en la televisión relacionados con la naturaleza? Aunque no sea el programa más visto, todos en alguna ocasión nos hemos parado a reposar la comida con alguno de estos documentales. En ellos se puede ver cómo la sabiduría de las distintas especies y la armonía del conjunto de la naturaleza dibujan un panorama prodigioso de convivencia social. El otro día vimos uno dónde se detallaba la manera que tienen algunas especies de marcar su territorio. A veces utilizan sus excrementos para delimitar la zona que es de su propiedad y donde nadie puede meterse. Sabia decisión.

En el terreno profesional también hay que saber marcar el terreno. 

Separar la vida profesional de la vida privada es un síntoma de madurez personal. Hay mucha gente que no sabe hacerlo y las consecuencias pueden ser bastantes perniciosas, tanto en el campo personal como en el profesional. 

Las causas de esta falta de capacidad para separar un ámbito y otro son muy diversas. En la mayoría de los casos, siempre se encuentra una causa común: la ambición desorbitada, que aparece cuando el objetivo vital de una persona es llegar a lo máximo profesionalmente hablando. Entonces lo privado y lo personal se ponen al servicio de lo profesional para alcanzar el fin deseado. Esa forma de actuar lleva, antes o después, a que la vida privada se vea amenazada por todos lados. Será probable que con el tiempo aparezcan situaciones que se deban manejar y no se haga de una forma apropiada. 

Por ejemplo, nos encontramos que en algunos viajes profesionales, el “peloteo”, el hacer lo que el jefe quiere, el servilismo está a la orden del día. Si el jefe dice a cenar, se va a cenar; si dice  a apostar, pues se harán apuestas; si dice a beber... ¡Cuantas borracheras se han cogido personas que se creen muy importantes y con mucha personalidad, sólo porque el jefe lo ha hecho! ¡Y cuántas infidelidades!

La realidad es que hay muy poca personalidad en algunos dirigentes que, por su puesto de directores de personas, deberían ser personas mucho más hechas. Todo ese “peloteo” se hace por una gloria efímera o mejor dicho, por nada. Porque después el jefe nunca valora esas “hazañas”, ni las tiene en cuenta para nada. Cree que si el otro lo hace no es para satisfacerle a él, sino porque le gusta.

“Es que si no lo hago, a lo mejor piensa que le estoy juzgando como persona”, podría decir alguien. ¡Que piense lo que quiera! La persona tiene que tener una escala de valores, que dejará clara a lo largo de su carrera profesional. Si la tenemos, los demás la conocerán y por tanto sabrán, incluido el jefe, lo que se nos debe pedir y lo que no se nos puede pedir, porque no estamos dispuestos a darlo. Al final, en el día a día de una empresa todo el mundo sabe qué cosas no profesionales se pueden pedir y a quién. En el fondo uno es tratado siempre como permite que se le trate. Además, cuando se cede por ambición, toda la empresa se está dando cuenta del motivo. 

De algún modo, comportarse de esta manera, poner nuestra vida privada al servicio de la profesión, también puede tener repercusiones en la carrera profesional. Hay muchos directivos que para los puestos importantes de su organización quieren gente seria, incluso aunque ellos no lo sean. Una actuación frívola de manera continuada, podría lanzar un mensaje negativo –no sería la primera vez- a las personas que han de tomar la decisión de promoción. En general, se prefiere a personas que tengan capacidad técnica y experiencia, pero también a personas con criterio, con peso, con personalidad. En ese momento, ya no se tiene en cuenta como factor positivo, ante el desencanto de algunos, si nos hemos ido juntos de juerga. Eso son cosas personales. 

Claro: si no marcamos el terreno, como hacen los animales, después no sabemos qué terreno pisamos. Y eso es peligroso. Nos jugamos nuestra carrera profesional, pero… ¡ojo! también nuestra realización personal. Quizá por falta de formación, de valores o de madurez humana hay personas que creen que se les está pidiendo aquello que ni se les puede pedir, ni ellos deben dar.

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