¿PARA QUÉ TRABAJAR?

No deja de ser sorprendente que el curso más solicitado en el mundo empresarial -es la experiencia de muchos consultores- sea el que trata sobre la motivación. Pensamos que es sorprendente, sobre todo si se tiene en cuenta el número de horas y la intensidad de los esfuerzos que se dedican a trabajar. Cabe preguntarse: todo este esfuerzo, dedicación y trabajo, ¿sin estar motivado?

Paseaba un sabio griego con un discípulo por Atenas. Durante el paseo, entablaron el siguiente diálogo: 

- Maestro, ¿quién es la persona que trabaja mejor?, preguntó el discípulo.

- Ven conmigo, respondió el Maestro.       

Al  rato y a lo lejos, vieron tres personas que estaban partiendo piedras. Los tres estaban haciendo exactamente lo mismo: con un martillo y un cincel golpeaban las piedras. Se dirigieron hacia el primero y preguntó el maestro:

- ¿Qué estás haciendo?

- Partiendo piedras, respondió el hombre.

Se acercaron al segundo y le formularon la misma pregunta:

- ¿Qué estás haciendo?

- Un edificio, respondió sin mirarles.

Se fueron junto al tercero y la pregunta se repitió: 

- ¿Qué estás haciendo?

- Estoy haciendo el Partenón, contestó lleno de orgullo. Tengan en cuenta que soy ateniense.

- ¿Quién crees que trabajará mejor?, preguntó el maestro.

- El último, dijo el discípulo. 

- ¿Por qué?, dijo  el maestro en voz baja.

- Está convencido de que está haciendo una cosa más grande y digna que los demás, le contestó el discípulo, con ese convencimiento que siente la persona cuando descubre algo valioso.

Algo parecido sucede en nuestra sociedad. Hay poca gente que respondería “estoy construyendo el Partenón”. Escasean los motivos para trabajar y, en algunos casos, no son excesivamente nobles. Como se verá más adelante, hacer las cosas y esforzarse, solamente por vanagloria personal, no es un motivo noble. Por eso, no genera motivación en el largo plazo: tiene fecha de caducidad.

Cuando no existen motivos nobles y de peso, la exigencia personal se hace difícil. ¿Para qué exigirse?

La empresa necesita empleados exigidos para obtener resultados. Y para que se exijan, hay que motivarles. ¿Y para motivarles? ¡Pues un curso de motivación! Sinceramente, parece que el resultado no es el deseado. Se consigue poco. Estos cursos pueden servir para conocer de modo más profundo los motores de la persona humana, y pueden permitir que los jefes no actúen en contra de la naturaleza  humana. Con otras palabras, sirven para conocer las instrucciones del hombre, para no ir contranatura, que no es poca cosa. Pero no sirven para más. Los motivos se los tiene que dar cada uno a sí mismo. Son, por naturaleza, personales. Como se sabe, la palabra motivación, viene de motivus en latín, que se puede traducir por valores. O sea, que hablar de motivación es, en el fondo, hablar de valores.

Una sociedad donde los valores escaseen, será en general una sociedad con motivación escasa. Y al contrario, en una sociedad con valores, el nivel de motivación de las personas será, en general, más elevado. Decimos en general, porque no hay que olvidar que los valores son siempre personales. 

Pero, ¿qué es una sociedad con valores? ¿Qué mueve de verdad al hombre, al ser humano? Esta pregunta ha obtenido, a lo largo de la historia, respuestas para todos los gustos. Simplificando mucho, todas ellas se podrían englobar en las siguientes tres frases: “Al ser humano le motiva tener. Al ser humano le motiva saber. Al ser humano le motiva querer”. No pretendemos dar respuesta a la pregunta, pero la historia nos ha enseñado que la respuesta está, sin duda, relacionada con estos tres verbos: tener, saber y darse.

Nadie ha muerto por tener. Mejor dicho, nadie ha sacrificado su vida por tener. Es decir, nadie ha respondido afirmativamente a la siguiente proposición:

Te doy todo el dinero que quieras, pero inmediatamente después perderás la vida ¿De acuerdo?

Tampoco nadie ha muerto por saber. La siguiente propuesta no parece atractiva:

Te muestro lo que deseas conocer, pero después tendrás que morir. 

Parece un motivo más digno que el anterior, que merece más la pena. Pero tampoco se puede considerar aceptable.

Nadie aceptaría ninguno de los dos tratos anteriores de modo explícito. Sin embargo, ¡cuántos ejemplos de personas que su ambición les ha llevado a aceptarlos implícitamente! 

Por último, podemos ver miles de ejemplos de personas que ponen diariamente su vida en juego por los demás. Por darse a otros. Miles de cooperantes, por motivos humanitarios o religiosos, se juegan la vida cada día por los demás y muchas veces la pierden. Y nadie dice que no merezca la pena, al contrario: son admirados.

Queramos o no, lo único que de verdad mueve al ser humano de un modo radical y sin fecha de caducidad es el amor. Es evidente que la Madre Teresa de Calcuta, por hablar de una persona sobradamente conocida, necesitaba pocos cursos de motivación.

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